lunes, 2 de junio de 2008

¡Qué asco de vida!

Hoy tocaba hablar del último episodio publicado de Teoría de la Conspiración, pero estoy pasando por terribles problemas personales -¡en serio!- que jamás entenderían, y no estoy con muchas ganas d econstruir ahora 'post' complicados. Tampoco tengo intención de escribir el imprescindible artículo sobre las cosas lamentables, injustas, vergonzantes de la vida que todo buen blog tiene, porque a estas alturas todos deberían saber ya que el mundo es una puta mierda. He dicho.
Como estoy de bajón pero estaré peor si dejo que el blog se consuma entre tanta falta de actualizaciones, voy a contarles un poco todas las gilipolleces que se me ocurran y, si no se dan por satisfechos, es que han dejado de entender de que va todo esto.
El sábado, en lugar de salir a drogarme por ahí y meterme mierda, me dio por ir al cine a ver La niebla, el estreno más interesante de la semana -no nos engañemos, en Hal Hartley ya no se puede confiar-. Tenía expectativas medias pues, pese a basarse en un relato de Stephen King -maestro incuestionable del género fantástico y de terror-, la película tenía toda la pinta de ser un filme de fantasía y misterio de corte 'spielbergiano' con familia de por medio que termina aprendiendo una importante lección minutos antes de aparecer los créditos, y más con Frank Darabont tras las cámaras. Nada de eso.
La niebla es una de las mejores películas exhibidas actualmente. Hacía meses, por no decir años, que los espectadores no nos deleitábamos frente a una propuesta tan adulta e inteligente como la ofrecida por el inteligente Darabont, profeta cinematográfico de King, que ya han llevado a la gran pantalla títulos del autor como la extraordinaria Cadena perpetua o La milla verde. A través de una sabia puesta en escena, en sus primeros trazos el director lucha por elaborar una película sencilla, elaborando unos soberbios minutos iniciales dentro de la tienda. La película adquiere vida propia cuando el variopinto y muy conseguido conjunto de personajes comienza a interactuar de verdad para hacer frente a la amenaza escondida en la niebla. Sin embargo, una vez que el director comienza a tirar de CGI y nos muestra prácticamente con todo detalle algunas de las criaturas sedientas de carne humana que esperan ansiosas en el exterior, La niebla pierde una ligera parte de su encanto, convirtiendo en nulo el papel de un espectador que debe ver mucho más allá de la pantalla para imaginar una inteligente metáfora política construída en su día por King, algo destrozada en detrimento de unos tentáculos.
Aun así, la atmósfera está muy lograda y Darabont consigue buenos episodios de tensión y pánico que, realmente, consiguen inquietar al espectador, supuestamente el objetivo de la película. Sin embargo, es en este momento cuando quizá más de uno se dé cuenta de que, a pesar de la apariencia "casquera" de la película, con algún que otro homenaje a la serie B, el primer tramo de la película prometía muchísimo más que vísceras y monstruítos come-hombres. Afortunadamente, el director llega tiempo para corregir todo titubeo argumental regalando una deslumbrante parte final que difícilmente se olvida. Ni uno solo de los muchos elementos que componen su magistral desenlace se sitúa por debajo de lo operístico y lo insólito. Darabont se olvida un momento de todo elemento fantástico y consigue elaborar un final sorprendente basado tan solo en las meras decisiones humanas. Sin duda, el desenlace más duro visto en años. Un tremendo mazazo al que ayuda una música impactante que a más de uno pondrá los nervios de punta. Al final, la única y universal conclusión es que tener miedo al infierno es la acción más ridícula que las personas pueden cometer, cuando, precisamente, viven en él desde el mismo día en que nacieron.
¡Qué asco de vida!

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