viernes, 4 de abril de 2008

Enseñanzas cinéfagas para el fin de semana (I)

Conmocionado aún por el manotazo/puñetazo (o lo que haya sido, que uno no puede estar en todo) ofrecido por Vicente hace unas horas con el objetivo de adaptar mi oreja izquierda a un tamaño cercano al suyo -algo sumamente inconcebible-, inicio el que, de momento, puede que sea el último 'post' de la semana. Antes de pasar con esta nueva "sección", he de comentar unas cositas que se prolongarán a lo largo de varias líneas, como suele ocurrir en estos casos.
Mañana parto a Madrid para finiquitar unos asuntos personales y ver una puta peli de dibujos, por lo que olvídense de actualizaciones repentinas salvo catástrofe natural (como puede ser, por ejemplo, otro ataque de ira del gran Vicente). Por primera vez desde la fundación de este blog, y tras haberles insistido tanto a todos ustedes para que tecleasen y observasen las maravillas de la "Era Informática" reinventadas por quien esto escribe (y rezemos porque hoy a Amanda al fin le dé por pasarse...), les doy autorización para que los próximos dos días hagan cosas más provechosas que entrar aquí, como meterse cosas por el culo o ir a misa. Pero aviso: volveré. Y el lunes tendrán ocasión de VER el Mejor Artículo de la Historia. ¡Y el texto será lo de menos!
Segundo: ¡caos en La Salle! La huelga de transportistas ha desvirtuado por completo los fines más directos de Octavio, provocando la repentina cancelación de la excursión a Monfragüe. Lástima, Leo estará destrozado. Supuestamente, existe un aplazamiento, pero dado que nadie ha confirmado nada, seré yo, una vez más, quien dé el paso adelante. Dado que la huelga se producirá lunes y viernes, y que, en el fondo, nuestros amigos los transportistas lo pasan en grande tirando piedrecitas, formando piquetes y cantando canciones de campamentos, lo que imposibilita un acuerdo inminente, la excursión solo puede ser trasladada al martes o al jueves, puesto que el miércoles comprobaremos la eficacia con la que nuestros 9 euros han sido invertidos en el Museo del Prado. Que Juanjo nos pille confesados. De este modo, y para reforzar mi compromiso con ustedes, mis insobornables fans, el autor garantiza que "Ilimitado" (noveno episodio, tercera temporada) sufrirá un retraso mínimo, solamente de un día. Así pues, la nueva fecha de salida queda fijada para el viernes 11 de Abril. Como siempre queda algún rezagado que no lee los capítulos el día en que salen (por ejemplo, el coprófilo Medina), el efecto dominó afectará al capítulo 10, "Confesión", en el que conoceremos la identidad del asesino de Camilo. Por lo tanto, este nos llegará el miércoles 16 salvo sorpresa de última hora. ¡La recta final está aquí!
Y pasamos al punto principal, el quid de la cuestión. Soy un pesado y si no vomito mis ideas cinéfilas en un blog como este, lo único que conseguiré es autodestruirme, reventar. De este modo, hagamos un alto en el camino y olvidémonos, aunque solo sea por unos instantes, de rollos conspiratorios y hermanos asesinos, para abrir esta sección semanal, cuya ubicación habitual será los viernes, con el objetivo de refinar sus pochas mentes y sus (por ahora) lamentables gustos, ahuyentarles de las salas de proyección de Casi 300 y hacerles descubrir que, a fin de cuentas, no soy más que un personaje escapado de un guión de Kevin Smith. ¡Kevin Smith! ¡Amén!
I: El factor humano
Aunque nadie con un coeficiente intelectual cercano a la media negaría jamás que el estreno de la semana es ese prometedorísimo documental que un Scorsese en su segunda juventud ha montado en torno a los Rolling Stones, la cartelera talaverana no ofrece muchas concesiones, y, de nuevo, prefiere mantener en las salas principales el intento de comedia que ha perpetrado el otrora luchador Dwayne 'The Rock' Johnson -con más de una triste similitud a la bochornosa Un canguro superduro- ante las interesantes propuestas que se distribuyen hoy por toda la piel de toro. Sin embargo, no todo son inconvenientes. Resulta de lo más curioso que, en medio de una cartelera harto tramposa, plagada de subproductos de la talla de la recién estrenada Rastro oculto -firmada por un Gregory Hoblit en prolongada desgracia desde hace ya 10 años-, todavía queden productores que sigan confiando en producciones tan sencillas y, hasta cierto punto, clásicas como El último gran mago, discutible traducción del irónico y proverbial Death Defying Acts, asombrosamente una película honesta que resalta frente al resto de despropósitos exhibidos en los multisalas.
Obviamente, no es la propuesta más interesante a la que se puede echar mano en este momento -por si no lo recuerdan, hace ya una semana que se estrenó la enorme La noche es nuestra-, pero puede pillar por sorpresa a más de uno, especialmente aquellos que crean estar ante la competencia directa de El truco final o El ilusionista. Menos efectista y con menos pretensiones, la última película de Gillian Armstrong, una de esas artesanas que pasan desapercibidas en el alto Hollywood teniendo a sus espaldas auténticos clásicos modernos como el 'remake' de Mujercitas con Winona Ryder, viaja por derroteros completamente distanciados de las obras de Nolan y Burger y, pese a anunciarse como un biopic del inmortal Harry Houdini, profundiza mucho más en las acciones de otros personajes que intervienen en la misma trama en torno al ineclipsable protagonista. A partir de un guión correctamente escrito, Armstrong logra construir con inteligencia y muy pocos medios un drama con poco probables reminiscencias fantásticas que contentará especialmente a los que se sintieron estafados cuando Edward Norton se sacó a Jessica Biel de la chistera.
Lástima que la película no pase de ser un más que estimable pasatiempo debido a su falta de ambición y a la escasa confianza depositada en ella, como demuestran los constantes retrasos sufridos por su estreno, tanto en España como en su país de origen, Australia. Además, a pesar de los pesares, los actores principales carecen por completo de carisma y no logran dotar de entidad a unos personajes que requerían mucha más fuerza. Cuesta creer que Guy Pearce sea la mejor elección para interpretar a un mito de la talla de Houdini: mientras que Edward Norton, actor todavía joven al que, hasta hace poco, acostumbrábamos ver en intrigas policíacas, dio la sorpresa con una portentosa creación en la entretenida El ilusionista, Pearce mantiene sus inamovibles 'tics' y su completa inexpresividad, tratando de dotar de un falso misticismo a un personaje que, definitivamente, pedía a gritos otro actor. Catherine Zeta-Jones le va a la zaga y, aunque bien es cierto que nunca la he tragado como actriz, en esta película tampoco consigue entregar una decente composición a un papel que, para sorpresa del respetable, le acaba quedando grande. Y, hasta hace nada, era el principal reclamo de películas como La trampa o La máscara del Zorro. Curiosamente, la recientemente nominada al Oscae Saoirse Ronan acaba pasando por encima a ambos actores, ya curtidos en esto del cine, pese a contar con apenas 13 años. Atención también a un impagable y siempre infravalorado Timothy Spall. Dirán que no cambia de registro, pero es que no hay nadie que represente mejor ese rol.
II: Graham Greene y los relojes de cuco
"En la Italia de los Borgia reinaron durante treinta años la guerra, el terror, los envenenamientos y los derramamientos de sangre. Pero produjeron un Miguel Angel, un Leonardo Da Vinci y un Renacimiento. En Suiza han tenido mientras tanto fraternidad, quinientos años de paz y democracia. ¿Y qué es lo que han producido? La ametralladora y el rejoj de cuco. Adiós, Holly". Orson Welles, el genio que tanto dirigió Ciudadano Kane como dio voz a los dibujos de los Transformers, dejó este monólogo para la posteridad a través de la excelente adaptación de El tercer hombre, novela de Graham Greene, quien también escribió el guión. Con Carol Reed en la dirección (pese a la leyenda urbana que sentaba a Welles tras la cámara), la película fue considerada en 1999 como la mayor aportación británica en la Historia del Cine.
Pese a tratarse de una afirmación de lo más discutible -sobre todo si tenemos en cuenta que por tierras inglesas también vagaba un tal Stanley Kubrick-, no hay duda de que El tercer hombre es una de las mejores películas jamás rodadas, una suerte de intriga completamente azarosa que une entre sí elementos a priori opuestos desembocando en uno de los tramos finales más plausibles de todos los tiempos. Buenas interpretaciones a cargo de un reparto de primera fila encabezado por Joseph Cotten y una fantásticas banda sonora de Anton Karas ponen la guinda al milagro, que regenta la décima posición en mi particular ránking de películas favoritas. Cine clásico en estado puro, imitada multitud de veces sin conseguir nada.
Exactamente, la película con la que Soderbergh tiene pesadillas desde que su maniobra -de nombre El buen alemán- no alcanzase las expectativas generadas antes de su estreno.
¡Feliz fin de semana!

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